El día en el que fui mala.

Creo que la mayoría de la gente no es mala por naturaleza ni a conciencia. Sí creo que, en general, cada uno va a lo suyo y pasa de los demás, pero lo que es malos, de maldad, de hacer algo malo sabiendo que es malo y aún así hacerlo, bueno, creo (espero) que no.

Esta mañana me encontraba en la cama divagando y dejando los pensamientos fluir y pasárselo bien y se me ocurrió reflexionar sobre algún momento de mi vida en el que hubiera sido mala a conciencia. Pero mala de saber que estás haciendo una maldad y que te la sople, no algo en plan “va, paso de hacer esto, que le den por saco”.

A los veintipocos años yo estaba estudiando Traducción e Interpretación y me reencontré con un antiguo amigo que dio la casualidad de que estudiaba Filología Hispánica, o sea, que compartíamos edificios. La relación fue a más, de amigos pasamos a rollo y de rollo a pareja. Era un tío muy atractivo, rubio oscuro, con los ojos verde-grisáceos muy intensos y una barbita perenne de dos días muy sexy. Si a eso le añades que casi no había tíos entre los estudiantes de la facultad de Humanidades y que la mayoría eran gays o gayers o como sea, pues más éxito tenía Jorge.

El caso es que él se enamoró de mí y yo de él. Estábamos muchas veces juntos en la facultad con un grupo de amigos que fuimos conformando poco a poco. Entre ese grupo había una persona bastante repelente. Era una chica, María, que sacaba de quicio a mucha gente y sobre todo, a mí. Cotilla redomada y bastante envidiosa (no sólo conmigo, sino con cualquier mujer que fuese más atractiva que ella, lo cual no era muy difícil), la pobre era más fea que pegarle a un padre o sea, no se comía un rosco (repito: no sólo por su fealdad, sobre todo porque no le caía bien a casi nadie).

El tema es que Jorge y yo lo dejamos unos meses después pero continuábamos viéndonos en la facultad, hablando y llevándonos bien (hasta cierto día, pero eso ya es otra historia…). A él le caía bastante mal María, no la podía casi ni ver delante, le enervaba mucho. Un día,  María vino a hablar conmigo y me dijo:

“Tengo que decirte una cosa, debo ser sincera contigo: me gusta Jorge” (y yo pensando, no te jode? No te va a gustar si es lo único potable que hay por aquí!).

La miré: “Ah, sí?. Pues muy bien”.

-“¿No te sienta mal?”

-“Pues no. De hecho, por qué no hablas con él y te sinceras? Sí! Creo que deberías hablar con él, deberías ir y decirle que te gusta, que quieres algo con él, nunca se sabe! A lo mejor él también quiere algo contigo!”

O sea, a sabiendas de que a Jorge le parecía la tía más asquerosa y fea del mundo, la envié a hablar con él,  a que le diera las calabazas más horribles y se riera  de ella a sus espaldas.

Y no sólo eso, sino que fui todavía más cabrona y se lo conté a Jorge para que no lo pillara por sorpresa: “Jorge, siéntate que te vas a caer para atrás. Le gustas a María”. Se quedó blanco pensando en la cruz que se le podía venir encima. Después se echó a reír y después estuvo pensando en mil respuestas para darle.

En qué quedó todo? María se abstuvo de hablar con Jorge, supongo que sabiamente aconsejada por alguien. Pero yo fui cabrona, cabrona.

No es algo de lo que me arrepienta horrorosamente ni me fustigue por ello. Sí que es verdad que ahora no lo haría. Simplemente quería compartir con vosotros algo que se me vino a la cabeza como “mala acción” realizada a conciencia.

Si alguno de vosotros tiene alguna historia de estas (o más chunga), me encantaría leerla.

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2 comentarios en “El día en el que fui mala.

  1. Pues a pesar de que en ocasiones puedo tener bastante mala leche, intento recordar si alguna vez hice algo con maldad. Seguramente si y es mi memoria la que me falla, pero no recuerdo ninguna circunstancia en la que fuera malo, malo.

    En cambio con algún comentarista si que he ido a hacer daño, como una diversión maligna, pero no creo que haya producido mucho daño, la verdad. Como mucho indignación.

    Saludos.

  2. Under: es curioso, pero resulta difícil recordar este tipo de situaciones, supongo que porque para uno mismo siempre existe una causa que justifique nuestros actos y, por tanto, tendemos a suavizar la situación y no calificarla de “acto realizado con maldad”.

    Eso que dices de los comentaristas… je, ya te he visto en acción y mooooola!

Talk to me, baby

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