Crónica del amigo invisible

Y llegó el día.
Yo no sé para qué me apunto a estas cosas. Os dije que mis regalos suelen ser muy sentidos, verdad? Pues cuando no son sentidos, pasa lo que pasa. Que tengo la intención de comprar una cosa (el cuaderno del Kamasutra), acabo comprando otra (una mano que vibra y dá masajes) y termino devolvíendola y  comprando una papelera.

El tema de la papelera es cojonudo: en mi empresa no hay papeleras, ya que había destructoras. Cada uno tenía la suya, lo que pasa es que la gente no le daba el uso adecuado, o sea, no destruía ni Dios (salvo yo y algún gilipollas más). La información que se maneja es altamente confidencial y la cosa no está como para que la gente ande tirando los papeles en la destructora sin destruir. Que cómo se hace eso? Muy fácil: tienen una puertita delantera.
Así que la empresa, harta de lo burra que es la gente y de gastarse la pasta en renting de destructoras, las eliminó del mapa. Ahora se joden todos, porque no se pueden tirar papeles confidenciales más que en un contenedor verde que hay en el office (que, oh, que suerte tengo, está detrás de mí, con lo que apenas me tengo que mover). Qué ocurre, que ahora no pueden tirar los papeles, pero tampoco envoltorios de chicles, de donuts, manzanas, plásticos varios, etc. Y como no hay ni una puñetera papelera en la en toda la planta (ya ves, en los chinos lo que deben de costar, una miseria)… pues eso, me decidí por ella.

Llegué un poco antes al trabajo, estaban todos los regalitos en una mega bolsa de basura (ejem) con un número cada uno. En una cajita pequeña habían metido, a su vez, todos los números.

Bueno, pues ahí que cada uno coge un número de la cajita y empezamos a repartir los regalos. Hubo de todo, claro: desde una minibatería que se toca con los dedos, hasta tres bolas de malabares profesionales. A que no sabéis a quién le tocaron las bolas? A mí, claro. Vaya cara que puse. Que conste que después, cuando me enseñaron el sistema, le cogí el gustillo y no lo hago nada mal, oye. Siempre me puedo poner en las Ramblas, hacerme rastas, coger una flauta, un perro y quén sabe. Eh, pero que son bolas mega professional, eh? Amarilla, negra y roja.

Hubo por ahí una hucha cutre con forma de alarma de incendios, una botella de Cardhu (coño, qué suerte), un par de libros, un marco de fotos (tócate los huevos), una almohada cervical con auriculares, un tarro para poner bolis (vuelve a tocarte los huevos), un kit de viaje (con tapones para los oídos, antifaz, jabón en láminas y esas pijadas), un panettone de chocolate (qué rico, por Dior), un juego de tacitas de café monísimas (para la Nespresso me hubieran venido bien), dos tabletas de turrón, y más cosillas de las que no me acuerdo.

La verdad es que el regalo que me ha tocado es un poco… raro. Pero si me toca la hucha o el bote de bolis me da algo.

Y nada, que ya se acerca la Nochebuena.

Me da pavor.

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6 comentarios en “Crónica del amigo invisible

  1. Si cuando yo sea mayor, tenga un trabajo estable y una cena navideña 1 vez al año (espero no tener más) me toca como regalo semejante montón de tonterías, me suicido. Nadie en tu empresa tiene vergüenza, mare de deu.

Talk to me, baby

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